domingo, 3 de abril de 2016
MI ANSIADA SEMANA GRANDE
Torrijas, roscos, palcos con sillas de madera, palmas en los balcones y ramas de olivo en las cocinas anuncian la llegada de la gran semana, la esperada por muchos cristianos en la ciudad de San Fernando, en los que me incluyo. Tres y media, desde mi terraza veo nazarenos con túnicas blancas y azules apresurados por llegar al templo del que a las 16:00 saldrá la hermandad que dará comiendo a la Semana Santa de la Isla, la Hermandad Sacramental y Cofradía Lasaliana de Cristo Rey en Su Triunfal Entrada en Jerusalén y María Santísima de la Estrella. Tambores y cornetas sincronizados comienzan el himno de España ambientados por el olor del incienso y el dulce olor proveniente de La Victoria. San Fernando y su gente visten elegantes en esta jornada que aún teniendo el tiempo en su contra, finaliza recortando su recorrido por las calles de la ciudad, siendo la Hermandad de Humildad y Paciencia la última en llegar a su templo. Así van sucediendo los días, estando la lluvia presente a partir de media tarde y haciendo a muchos cofrades derramar unas lágrimas frente a su apreciado paso del misterio o palio y no viendo premiado su duro esfuerzo realizado a lo largo del año por lucir a sus titulares. Pero entonces llega el Jueves Santo, día soleado, la sonrisa que se dibuja en mi cara al subir las persianas de mi habitación a las 10:00 de la mañana es instantánea. Después de una relajada tarde familiar me siento en la cama y conplemplo la tela negra planchada que descansa sobre la silla de mi escritorio. Junto a ella, el antifaz y el cíngulo verde. Hoy es el gran día, me visto, cojo el capirote y me dirijo hacia la Iglesia de San Francisco. Al entrar me entra un escalofrío por todo el cuerpo, no sé a qué huele, pero me agrada no sé hasta qué punto, entrego mi papeleta de sitio y me siento en un banco de la Iglesia mientras observo como los cargadores de la JCC amarran sus almohadas en los palos del palio, de repente escucho mi nombre y me entregan la pértiga que debo llevar en la estación de penitencia.
Son las 21:30. Las puertas del templo se abren y la cruz de guía sale a la calle, la cual está abarrotada y sorprendentemente silenciosa mostrando respeto hacia mi hermandad. Todo el recorrido se realiza en perfectas condiciones meteorológicas y a través de los dos agujeros de mi antifaz puedo observar algunas caras conocidas y otras no tanto, pero ambas mostrando admiración y respeto, y eso siempre es de agradecer. Aún sintiendo que me latían los pies del dolor, sabía que mi corazón no se encontraba en ellos, si no que bombeaba bajo la túnica, pero esta vez con más fuerza que nunca, la felicidad se encontraba en mi ser a flor de piel, cuando parábamos cerraba los ojos para rezar y cuando los abría y me daba cuenta de que me contraba en uno de mis días preferidos del año, mi rostro se enorgullecía aun que por suerte eso no se pudiera apreciar desde fuera, era como un ciego miraría el mundo por primera vez, era simplemente mágico.
Llegué al templo y me reuní con algunas amigas que estaban situadas en otras seccíones durante el recorrido para ver la recogida y mientras hablaba con mi amiga Carmen frente al Cristo, una lágrima descendió por mi mejilla inevitablemente. Mi amiga me miró y sonrió ya que comprendía la situación. Salí de la Iglesia y con las prendas negras arrugadas y metidas a presión en el capirote, me fui a casa pensando en lo afurtunada que era pudiendo disfrutar de lo que me hacía felíz.
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